Empezaba a oscurecer cuando. ya a la vista de la Puerta del Grifo, los perros empezaron a dar grandes muestras de inquietud, deteniéndose y venteando sonoramente el fresco aire de la tarde.
La prudencia y el sentido común dictaban a Zebulón la conducta a seguir: ¡¡APRETAR EL PASO Y ABANDONAR LA CUIDAD ANTES DE QUE ANOCHEZCA ¡¡; sobre todo después de un largo y no muy productivo dia de rebuscar entre las ruinas.
Sin embargo, era muy consciente de los rumores que sobre su poco arrojo circulaban por todas las tabernas del asentamiento en el que se alojaban los aventureros procedentes de las regiones más fieles al Príncipe de Altdorf, rumores, que sabía habían enraizado también en su entorno más cercano (casi podía sentir la mirada inquisitiva del Páter Atanasius en su nuca).
Fue por esto por lo que decidió ordenar a su banda que se desplegara a ambos lados de la avenida grande, aquella que discurría paralela a la puerta, y que siempre había que cruzar para internarse en la ciudad, en espera de lo que pudiera ocurrir (y en la secreta esperanza de que solo fuera una falsa alarma).
Casi al mismo tiempo el aire trajo el sonido de unas voces guturales cuyas palabras eran aún ininteligibles, acompañadas de forma intermitente por un sordo y fuerte gruñido, y enseguida un desagradable olor a pescado podrido y salvajina. “Gentes del norte, bárbaros paganos de Kislev mancillando el aire con el hedor de su putrefacta comida” exclamó Atanasius, mientras la banda se desplegaba.
Con la seguridad del veterano soldado que era, Jericó azuzó a dos de los mastines para que se adelantaran en seguimiento del rastro, ordenando a uno de los arqueros que tomara posición de tiro en una barricada que había más adelante, en pleno centro de la avenida, e indicó a un flagelante y un converso que se colocaran junto a él para darle apoyo. Así, tendrían una posición inicial que les permitiera desplazarse hacia uno u otro lado según exigieran las circunstancias. Mientras, él mismo subía hasta una posición elevada de tiro, en la tronera del primer piso del ruinoso edificio que había en la izquierda de la avenida. La otra mitad de la banda, acompañada del perro restante, y al mando de Zebulón, corrieron por entre las ruinas de la parte derecha de la ancha calle, para llegar hasta un edificio alto en el que el arquero pudiera tomar una ventajosísima posición de tiro que, junto con las otras dos ya establecidas les diera el control total de la calzada. El padre Atanasio, que siempre gustaba de dejar claro que no se sentía concernido por las ordenes, decidió quedarse en la barricada del centro; Se había obtenido la ventaja táctica y la victoria parecía fácil de alcanzar.
Los tiradores, sea por el cansancio, sea por la luz menguante, no acertaron ningún blanco pese a intentarlo de forma persistente. Algunos Kislevitas, cuyos tiradores tampoco tuvieron éxito, salieron a campo abierto aullando salvajemente, con la pueril intención de ocultar el avance por entre las ruinas de la izquierda del grueso de su banda, lo que fue advertido por Jericó que ordenó recolocarse en aquella dirección a los miembros de la banda, que se habían posicionado inicialmente en el centro, y que atacaron con furia a sus enemigos, entre los que había un enorme oso gris.
¡¡ Entonces, todo comenzó a ir mal ¡¡, Mientras Zebulón, un flagelante, un converso y un perro corrían por la derecha intentando coger por detrás al enemigo, se inició un feroz combate cuerpo a cuerpo en la parte izquierda del campo de batalla: en un instante, dos de los perros y el padre Atanasio fueron derribados; Fue tan rápido y fulminante el desenlace, que Zebulón, juzgando que aunque le habia ganado la retaguardia al enemigo no iba a poder sacar ventaja de ello , pues este iba a poder revolverse rápidamente, ordenó la retirada , lo que gracias a Sigmar pudo hacerse sin mayores dificultades, ya que en su salvajismo, los Kislevitas no maniobraron para impedirlo , abandonándose a una orgia de vodka y risotadas, acompañados de grandes voces y aspavientos , siendo tan grande su estulticia que incluso el padre Atanasio y los dos perros heridos consiguieron escabullirse de entre sus garras.
Pese al amargo sabor de la retirada, la jornada no resultó tan desastrosa como podría haberlo sido de haber permanecido en el campo; la poca piedra bruja acopiada durante la jornada no se perdió. Las heridas de los perros no fueron tan graves como a primera vista pudiera parecer, (de nuevo están a pleno rendimiento) y el padre Atanasio no perdió la vida como inicialmente se llegó a temer.
A la hora de escribir esta crónica, la situación de Atanasius es incierta, pues su herida le ha dejado secuelas permanentes y se duda de que pueda seguir prestando servicio en el campo de batalla. Esto no incomoda para nada a Zebulón , al que el clérigo no le es simpático , ni a Jericó, que pese a condolerse sinceramente de los males del sacerdote, ve fortalecida en gran medida su posición